Pasando el Pasado

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Aún recuerdo cuando soñaba el día que iba abrazar a mi papá fuera de la cárcel. De alguna o otra manera yo sentía que ese día íbamos a ser liberados, liberados del dolor. Que en el momento de su libertad seriamos de nuevo esa familia de cinco, esos eran los deseos de una niña de 10 años. Hace un año cuando salió de la cárcel, me llego la realización de que no iba regresar a casa. Esa noche mi esposo me encontró llorando en la esquine de mi cuarto, llorando como solía hacerlo de niña, llorando por él. Pensaba que después de tantos años, en casarme, y comenzar mi familia podía hacer que se me olvidara el dolor, pero NO el dolor solo crecio conmigo en mis nuevas jornadas! Me di cuenta de algo esencial que el pasado no se olvida, forma parte de ti para siempre!

Siempre intento hacerme la fuerte de la familia y hacer como si lo de mi papá no me molesta pero la realidad es todo lo contrario. En mis largos viajes en la carretera por mi trabajo solo me pongo a recordar eventos traumantes de mi niñez. Como la tarde que DFCS fue a recoger a mi hermana mayor y a mí y nos llevaron a una casa hogar y entre más recuerdo más detalles se me vienen a la mente. Y después de tantos años aun me duele igual.
He aprendido a mantenerlo bajo control, he aceptado que vengo con apegos y guardar silencio no sirve para mi salud emocional. Cuando estoy en apuros, sólo me abro a la gente que conoce la historia y no es un miembro de la familia. Mi esposo puede detectar cuando mi comportamiento cambia y se sienta conmigo y no me deja pararme hasta que haya compartido mis pensamientos y podamos llegar a una conclusión.

Lo peor que podemos hacer por nosotros mismos es dejar que esas situaciones se queden en nuestras mentes por mucho tiempo. Porque si dejamos que domine nuestros pensamientos comenzamos a sentir ese dolor de nuevo, como nos hizo perder nuestra identidad, como nos hizo sentir que no merecíamos una felicidad auténtica, que no somos merecedores del perdón y amor de Jesucristo.

No podemos dejar que el dolor nos haga víctimas sino que es para compartir con otros.

Yo no sé qué dolor cargas tú el día de hoy, a lo mejor palabras ofensivas de tus familiares o compañeros, un abuso sexual, violencia doméstica, o negligencia. Cualquiera que sea la causa de tu dolor, prométete a ti mismo cuidarte, reconocer el trauma, hablar de él, y no dejar que se adueñe de tu vida. Esos recuerdos son del tamaño de Goliat pero con un poco de fe y valentía tú lo puedes vencer como David.

Podemos vivir actuando como si nada nos pasó o podemos enfrentar la realidad y resistir.

El pasado nunca se olvidará y entre más dejamos que forme parte de nuestro hoy más fácil será aceptar que esto forma parte de quien somos. He aprendido a valorar lo negativo que ha salido de todo esto ya que me da oportunidades de comprobar a mí misma que puedo vencer hasta mis miedos más grandes.

Yo tome la mejor decisión cuando acepte Dios como mi sanador, Él me ayudo a encontrarle un propósito a mi historia. Me hizo su discípula a la edad de 14 y cuando comencé a compartir mi historia con cientos de jóvenes yo pensaba que estaba ayudando a otros, cuando en realidad cada lagrima que derramaba eran lágrimas de sanación propia.

No te escondas, deja que tu pasado se convierta en algo con propósito que puedas compartir con los demás todos los días.

Descubre cuánto te ha dado Dios y de él toma lo que necesitas; El resto es necesario para los demás. – San Agustín

Jenyfer D. Navichoque – Writer, unparalleled love

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